Horacio Quiroga

La gallina degollada

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Horacio Quiroga



Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengu…

El espectro

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Horacio Quiroga



Todas las noches, en el Grand Splendid de Santa Fe, Enid y yo asistimos a los estrenos cinematográficos. Ni borrascas ni noches de hi…

Los inmigrantes

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Horacio Quiroga



El hombre y la mujer caminaban desde las cuatro de la mañana. El tiempo, descompuesto en asfixiante calma de tormenta, tornaba a&uac…

El almohadón de plumas

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Horacio Quiroga



Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus so&n…

El lobisón

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Horacio Quiroga



Una noche en que no teníamos sueño, salimos afuera y nos sentamos. El triste silencio del campo plateado por la luna se hizo …

Las medias de los flamencos

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Horacio Quiroga



Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y los pescad…

El hombre muerto

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Horacio Quiroga



El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas …

El crimen del otro

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Horacio Quiroga



Las aventuras que voy a contar datan de cinco años atrás. Yo salía entonces de la adolescencia. Sin ser lo que se llam…

Las moscas

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Horacio Quiroga



Al rozar el monte, los hombres tumbaron el año anterior este árbol, cuyo tronco yace en toda su extensión aplastado co…

Los bebedores de sangre

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Horacio Quiroga



 Chiquitos:  ¿Han puesto ustedes el oído contra el lomo de un gato cuando runru­nea? Háganlo con Tutanka…

Decálogo del perfecto cuentista

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Horacio Quiroga



I - Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo. II - Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñ…

Las rayas

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Horacio Quiroga



 ...-"En resumen, yo creo que las palabras valen tanto, materialmente, como la propia cosa significada, y son capaces de crearla…

A la deriva

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Horacio Quiroga



El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un jurame…

Los ojos sombríos

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Horacio Quiroga



Después de las primeras semanas de romper con Elena, una noche no pude evitar asistir a un baile. Hallábame hacía largo…

Los cazadores de ratas

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Horacio Quiroga



Una siesta de invierno, las víboras de cascabel, que dormían extendidas sobre la greda, se arrollaron bruscamente al oí…

Una bofetada

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Horacio Quiroga



Acosta, mayordomo del Meteoro que remontaba el Alto Paraná cada quince días, sabía bien una cosa, y es ésta: qu…

De caza

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Horacio Quiroga



Una vez tuve en mi vida mucho más miedo que las otras. Hasta Juancito lo sintió, transparente a pesar de su inexpresión…

La tortuga gigante

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Horacio Quiroga



Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un d&ia…

Las voces queridas que se han callado

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Horacio Quiroga



Hay personas cuya voz adquiere de repente una inflexión tal que nos trae súbitamente a la memoria otra voz que oímos m…

Historia de los cachorros de caotí y de los cachorros de hombre

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Horacio Quiroga



Había una vez un coatí que tenía tres hijos. Vivían en el monte comiendo frutas, raíces y huevos de paja…

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