Audiolibros LibriVox
Las jaurías de la luna
Había tanta luna aquella noche, que la ciudad se había convertido en pueblo, y era penoso leer las largas casas enlunadas como…
La cleptómana de cucharillas
Era poderosa y aristocrática, pero tenía la obsesión de las cucharillas.
Es esa una cleptomanía co…
El lector de reojo
Al que lee nuestro diario de reojo no le importa que le miremos con estrábica iracundia. No es que seamos egoístas, es qu…
Los senos cuyo valor desconoce el dueño
Nadie jamás había tocado sus senos. Habían tenido una perfecta seriedad en su pecho. Estaban reservados para que muries…
Los senos de verdadero Sévres
En casa del anticuario apareció la fina mujer, cuya cintura se cimbreaba en la luz.
—¿Qué desea? ¿Me trae alg&u…
La pensión
Las hermanas
Los mudos
Aquella tarde, en el paseo, llamó mi atención un grupo original.
Formábalo una mujer, joven aún, como de trein…
El fantasma
Para Balbino Dávalos
EL Desierto de los Leones es uno de los sitios más hermosos de la República Mexicana.
Im…
El plomo en la entraña
Muchos años ha que venden por las calles ciertos pajarillos de colores, ya bengalíes, ya verdines, ya simples gorriones, ya …
Los que no quieren creer que son amados
Se hablaba de Carlos N., un cuarentón distinguido, jovial, a la sazón en París, y alguien dijo:
—Vendrá en esto…
La inaccesible novia
No pasa una semana sin que, en Ginebra o en Lucerna o en Interlaken o en cualquier otra población suiza, un diario publique, indife…
Biarritz
Y ¡cómo decir el sortilegio de esta playa en que todos los lujos, todas las elegancias, todos los refinamientos, forman contr…
El automóvil de la muerte
A Enrique Díez-Canedo
Los campesinos estaban indignados, con esa indignación que atropella por todo, que no mide ya…
Pax multa
Ayer, en una postal de Brujas, escribía yo a un amigo querido:
«Éste es uno de los últimos refugios que quedan…
La alegría de mayo
A vosotros los que vivís en nuestros piadosos climas templados, los que nunca miráis caer las hojas sino cuando hay ya otras…
Santa Isabel
Cuando expiró, no sé quién de los presentes dijo, con cierta indiferencia semicompasiva:
—Ya cesó de sufrir.
Y …
La última diosa
A Alfredo Vicenti
Las fuerzas interiores del planeta, en oculta labor, con escondidos movimientos, con solapadas turbulencias, ve…
Diálogos pitagóricos
En la tarde de un domingo, a la vera de una calzada por donde corren, envueltos en polvo de oro como en una transfiguración, esbelt…
El cofre del Cid
A Lucas T. Gibbes
Cuando la crisis era más terrible en Eukaria, la gran ciudad del nuevo Continente, el Rey de las Finanza…